Cuando en nuestra
infancia hemos sufrido ciertas carencias, es común querer que nuestros hijos no
pasen por lo mismo. Así, en ocasiones cometemos
el error de darles demasiados presentes “para que nada les falte”. Sin embargo, es preciso ayudarles a comprender
la fugacidad del valor de lo material y el valor que tiene todo lo que tenemos frente
a lo que deseamos.
Puede ocurrir que pasemos
por una tienda, les compremos un juguete hermoso, se los llevemos con toda
nuestra ilusión (los padres podemos estar más felices al ver sus rostros de asombro que
los niños con el juguete en sí) y ellos no le den la menor importancia al
regalo.
Siguen ensimismados con lo que
estaban haciendo, seguramente con el móvil, la tableta o el ordenador. Eso
puede desilusionarnos en primera instancia. Incluso puede hacer que nos invada
la tristeza porque hemos tenido que trabajar duro para poder comprarles ese
juguete, que no han sabido valorar.
Claro,
tienen una habitación repleta de cosas para jugar (aunque usen una mínima parte), y por lo tanto, es muy difícil que presten
atención a algo nuevo o que sean agradecidos por el gesto. Está en nosotros,
como adultos, enseñarles a reconocer los
sacrificios y hacer que se “ganen” lo que reciben.
Esto no quiere decir que tengan que
salir a trabajar cuando son pequeños, pero sí demostrarles que en la vida, “nada cae del cielo más que la lluvia” y que para conseguir lo que desean,
van a tener que hacer un esfuerzo. Puede sonar un poco fuerte para un niño en
edad escolar, sin embargo, les haremos un gran favor si conseguimos que lo
interioricen.
Muchas
veces no nos damos cuenta de que nuestros hijos están recibiendo de
todo sin prestar la más mínima atención de su procedencia, de
cuánto nos costó ganar el dinero para comprarlo, de qué manera se obtienen, etc.
Por más de que nos encontremos en una buena posición
económica no hay que mal acostumbrarlos a tener todo lo que desean. Nunca
sabremos los reveses de la vida y si nuestras posibilidades económicas serán
igual de buenas en el futuro. Ahora bien, ¿Cómo hacerles comprender en ese momento que no se puede
(aunque se quiera) comprar un juguete nuevo, un videojuego o un móvil último
modelo?
Para que los pequeños se
den cuenta del precio que tienen las cosas (no en cuestiones de dinero, sino en
cuestiones de esfuerzo o de establecer prioridades, por ejemplo) y no se
conviertan en una máquina de pedir a diario, sería bueno que:
-Tuvieran una responsabilidad en el hogar. A partir de los tres
años, el niño ya puede participar en alguna de las tareas del hogar y asumir
algún tipo de responsabilidad, por pequeña que sea. Al principio no vamos a
dejarles que ordenen la cristalería ni que limpien las ventanas, pero sí que lleven la ropa limpia a su
cuarto, por ejemplo.
Paulatinamente
se les pueden ir asignando nuevas tareas, adecuadas para las capacidades que ya
han desarrollado. Pero atención, lo mejor para reforzar este tipo de conductas
no son las recompensas materiales, sino las palabras y el reconocimiento
social, para que puedan sentirse orgullosos.
-No les compres todo lo que piden. Los anuncios en los espacios dedicados al público infantil en la televisión
están diseñados para generar deseos en los niños. De hecho, presentan los
juguetes como fantásticos artilugios generadores de diversión. Finalmente, si
vas a hacerle un regalo que corresponde a uno de sus deseos, es mejor que lo
demores un poco en el tiempo.
-Tómate tu tiempo para “procesar el pedido”, verifica que sea algo que
realmente quieran y que no se trata de un
capricho de un juguete que vieron en televisión o que un compañero de la
escuela tiene. No trates de demostrar tu cariño comprándoles cosas. Hazlo como
todo padre debería, es decir, con tiempo
y cariño.
-Estipulen un presupuesto. Cuando los hijos ya son un poco más mayores y tienen la capacidad para
conocer de precios y dinero, pueden conversar en relación a los costos de
ciertas cosas que piden. Permite que
ayuden en la administración del dinero y si tienes la posibilidad (y se lo
merecen), puedes darles una paga periódica para que se acostumbren a
administrar sus propios recursos limitados.
Por
último, no caigas en el error de decir “a mis
hijos nunca les falta nada”, porque
el dinero o los regalos no son los que compran la felicidad ni el amor. Recuerda que “donde hay
demasiado, algo está ausente. Lo que sobra no se puede reemplazar con lo que falta”. Bueno estimados lectores espero sus comentarios sobre el tema… Hasta la próxima… romanjoseg1@gmail.com
José G. Román
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