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Has fracasado alguna vez? |
Parece
que en nuestra sociedad todo el mundo habla del éxito. Miramos a las personas
exitosas como los grandes héroes de hoy, pero éstas no llegaron donde están de
forma fácil y sencilla; el éxito es muy costoso
y antes de existir pasa siempre por el fracaso.
El
fracaso es necesario para la maduración de la personalidad. La vida humana está
tejida de aciertos y errores, de cosas que no
han salido como se habían proyectado, y de otras que no han llegado a buen
puerto. La existencia humana consiste en un juego de aprendizajes. La vida es
la gran maestra, enseña lecciones que no vienen en los libros, y por lo general
se aprende más con los fracasos que con los éxitos.
El
fracaso es aquella experiencia interior de derrota, como consecuencia de haber
comprobado que algo en lo que habíamos puesto nuestro esfuerzo e ilusión, no ha
salido bien. Es la conciencia de no haber cubierto la meta propuesta. La
vivencia inmediata es negativa, y está surcada de una mezcla de tristeza, desencanto,
melancolía, derrota y desazón interior.
Somos
peregrinos de ilusiones, emigrante hacia un mundo mejor. El porvenir es lo que
más llena la vida personal, lo que esperamos que suceda en positivo. El
pesimista es un agorero de malos presagios, mientras que el realista tiene los
pies en la tierra y la mirada puesta en la lejanía del paisaje, posibilidades
frente a realidades.
¿Qué característica
tiene el fracaso desde el punto de vista psicológico? La primera nota inmediata es una cierta reacción de hundimiento: ahí
se alinean sentimientos de malestar que forman un acordeón de sensaciones
negativas indefinibles. En personas con mala tolerancia a las frustraciones,
rasgo bastante característico de una cierta inmadurez, cosas pequeñas y de
escasa importancia son vividas de forma exagerada y trágica. A esto se le llama
dramatizar: tendencia a magnificar los hechos, cargando las tintas en negativo,
convirtiéndose las dificultades y contrariedades en algo terrible.
En segundo lugar se produce lo que llamamos en la
psicología actual una respuesta cognitiva, que es una especie de análisis subterráneo que pretende desmenuzar el por
qué de ese resultado. Nuestra cabeza funciona como un ordenador advertido de sí
mismo. A él le llegan informaciones que es necesario procesar de forma
adecuada.
En tercer lugar, aflora un estado psicológico de
sorpresa, perplejidad, bloqueo, no saber qué hacer… Es como una cierta
paralización psicológica. Si el asunto es importante, uno suele estar
acompañado por personas que ayudan a pasar la travesía de mejor manera. En
tales casos, la frase oportuna, el recibir argumentos sólidos, o ligeros o
simplemente el sentirse acompañado pueden ser elementos esenciales de la ayuda.
No es lo mismo que se trate de un fracaso afectivo que profesional o
económico: el termómetro
de intensidades dependerá en buena medida de los acentos que uno ha puesto como
fundamentales en su vida. Hasta hace unos años se podía afirmar que la mujer
era especialmente sensible a los fracasos afectivos, mientras que el hombre lo
era para los profesionales. Hoy las cosas han cambiado. La incorporación de la
mujer a las profesiones y trabajos tradicionalmente masculinos ha hecho girar
las tornas.
La
patria del hombre son sus ilusiones. La vida es siempre anticipación y
porvenir. Somos proyectos. El ser humano es sobre todo futuro. Ahí se engarzan
pequeños objetivos, metas, retos, afanes que jalonan su recorrido y para que
estos salgan adelante es necesario que sean concretos, bien delimitados con
unos perfiles nítidos sin intentar abarcar demasiado. Después, manos a la obra.
La vida es un bracear de uno mismo con la realidad.
Pero
hay que tener los pies en la tierra. ¡Cuántos propósitos y afanes no salen
simplemente por falta de tiempo o por no haberlos perseguido con suficiente
esfuerzo! En el fracaso brota el desaliento, abandonar la meta y darse por
vencido. Como contrapartida aparece la fidelidad y el tesón, cueste lo que
cueste. Es volver a las pequeñas contabilidades: al haber y deber seguido de
cerca, pero con visión de futuro.
En
medio de nuestro camino se cruza el azar, que como decía don Quijote, “la
fortuna es una mujer borracha que no sabe a quién ensalza ni a quien derriba”.
La historia de cada uno es arte y oficio, corazón y cabeza, amor y
conocimiento.
En
mi experiencia, fracasar es, con diferencia, la
mejor manera de aprender. Y, en contra de lo que se pueda
pensar, es mejor todavía tropezar dos veces con la misma piedra: no recomiendo
hacerlo a propósito, pero cuando ocurre suele dejar una sensación de irritación,
disgusto, desanimo, derrota, desplome, desilusión, pérdida, sientes que ya todo
se acabó, que no hay salida, etc. que funciona muy bien para reforzar el
aprendizaje.
Lo
normal es que si todo sale bien sea porque estamos repitiendo lo que ya tenemos
dominado. La única forma de evolucionar y aprender es intentar hacer nuevas
cosas, que unas veces saldrán bien y otras veces saldrán mal. Cuando
conseguimos algo a la primera no le damos muchas vueltas, pero cuando fracasamos nos vemos
forzados a analizar el por qué y a buscar caminos alternativos.
Así
que deberíamos desterrar las connotaciones negativas del fracaso. No digo que
debamos ser unos inconscientes y embarcarnos en viajes a ninguna parte y sin
ningún tipo de sentido común: hay que elegir bien los retos y combinar energía,
y determinación para alcanzar nuestros objetivos. Pero es casi inevitable que,
por el camino, nos encontremos con unos cuantos fracasos: el aprendizaje de
esos fracasos será, probablemente, una pieza clave de los éxitos futuros.
Algo
que suele dar bastante miedo es el efecto que pueda tener el fracaso en el
currículum. Habrá todo tipo de opiniones, pero en mi experiencia es mejor consultar a personas
que hayan tenido éxitos y fracasos (y que sean capaces de explicar qué
aprendieron de los fracasos) antes que a personas que tengan
únicamente una larga trayectoria de éxitos. No olviden estimados lectores dejar
sus comentarios o si tienen alguna duda con gusto les orientaré, hasta la próxima..
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